Cuando los primeros colonizadores llegaron el Nuevo Mundo en el 1620, éstos trajeron consigo las abejas europeas introduciendo así la Apis Mellífera al continente norteamericano. Mientras sembraban las semillas de la estadidad, estos pioneros mantuvieron la costumbre de la Inglaterra rural bajo la cual las abejas eran tratadas como miembros de la familia. ‘Contarle a las abejas’ sobre los nacimientos, casamientos y muertes, aparte de incluirlas en ocasiones especiales, era parte de la vida familiar.

Hoy la apicultura orgánica a pequeña escala está regresando con renovado interés y respeto a su milenaria tradición.

Ronald Weisburg, dueño de Lee Bees en North Fort Myers, Florida, dice que “hace cuatro años atrás, no sabía nada de apicultura”. Weisburg le reconoce a su esposa Cindy, maestra jardinera, el haber ingresado a esta ocupación. Esta pareja atiende con entusiasmo 23 colmenas, y como tal, Ronald lleva dos años en el programa de maestro apicultor de la Extensión Cooperativa.

Los humanos y las abejas comparten una antigua e íntima relación simbiótica de mutuo beneficio.  Los datos de los fósiles indican que las abejas proliferaban en el planeta desde hace 70 millones de años, mucho antes de la aparición del hombre. Al ser humano aparecer desarrolló una simbiosis de perdurable afinidad con estos insectos altamente evolucionados.

Esta interconección se muestra en ilustraciones de hace más de 10,000 años, donde los humanos se mostraban buscando miel en pictogramas de carbón y tiza en paredes de cuevas. La miel era una fuente de alimento muy valiosa para nuestros antepasados y por eso la recogían con gran avidez.

A medida que las sociedades cazadoras-recolectoras se establecieron como grupos de familias auto-sustentables, pequeños lotes de huertos se convirtieron en un conocido centro de agricultura y de estabilidad social.  Las abejas se adaptaron al sistema de agricultura organizado, atraídas por la floración de las frutas y el cultivo de vegetales que sustentaban la colmena y sus necesidades de producción de miel.  A cambio, las abejas mejoraban la polinización y aumentaban el rendimiento de la cosecha para sus socios humanos.

Durante el transcurso del milenio, esta amistad entre especies ha evolucionado hacia las prácticas modernas de apicultura, generando docenas de industrias de cultivos agrícolas específicos.  Aproximadamente, 100 de los cultivos de alimentos favoritos a nivel mundial dependen directamente de la polinización de las abejas, lo que se traduce en casi un 40 por ciento de la dieta humana.

Sin embargo, hoy, la misma condición de cooperación entre las especies que dio inicio a la relación entre humanos y abejas también ha iniciado una serie de consecuencias imprevistas, incluyendo un fenómeno apodado Problema de Colapso de Colonias, en el cuál las abejas residentes simplemente desaparecen de sus colmenas.

Algo anda mal y los científicos están perplejos.  Algunos observadores llaman a la situación la ‘tormenta perfecta’ de circunstancias. Entre ellas: la proliferación de pesticidas, el uso de químicos en la producción de monocultivos, pobres prácticas de reproducción de la abeja reina, pérdida en la diversidad genética, debilidad del sistema inmunitario, expansión del comercio global, llegada de plagas extranjeras contra las cuales las abejas locales no han desarrollado resistencia, viruses misteriosos, más plagas comunes; todas como amenazas y retos para mantener colonias resistentes y saludables que puedan producir y criar abejas reinas fuertes.

La esperanza de salvar a las más arduas trabajadoras de la polinización, puede estar en encontrar alternativas para aumentar dramáticamente los fondos de investigación de las abejas, que debido a recortes presupuestarios, ha sido reducido en algunos estados.

La fundación sin fines de lucro ‘Friends of Honeybees’ ha sido establecida como conducto para los fondos de la investigación de las abejas.  Algunas compañías, como Häagen-Dazs, también han establecido sitios Web para donativos.  Otra poderosa acción motivada por investigadores con pocos fondos es que los individuos privados se dediquen a la apicultura a pequeña escala.

David Tarpy, Ph.D., apicultor y catedrático asociado de entomología de la Universidad del Estado de Carolina del Norte, dice que un ejército de apicultores aficionados puede convertirse en parte de una posible solución, ayudando a recopilar datos en una gran variedad de microclimas y condiciones.

La estructura de colmena del jardín inglés se remonta a los tiempos en que las mujeres eran las dueñas responsables de las colmenas de la familia. Esta colmena más liviana incluye menos marcos de panal que las colmenas comerciales. Se venden con un techo inclinado de cobre y con adornos, convirtiéndolas en un encantador elemento decorativo para un patio amigable a las abejas o jardín urbano en el techo de algún edificio.

Los programas de Extensión Cooperativa financiados por los estados de la nación están a cargo de la apicultura y de la producción de miel, proveen información gratis y ofrecen cursos regulares. Por ejemplo, la escuela más grande de abejas en los Estados Unidos se encuentra en Asheville, Carolina del Norte; ésta fue anfitriona de un programa de varias semanas donde se recibieron a 300 estudiantes, mientras que se rechazaron a muchos otros por falta de espacio. David Tarpy comenta que “estos son presagios alentadores de que muchas personas están respondiendo al llamado”.

Para más información sobre cómo localizar un club o asociación local de apicultura visite FriendsOfHoneybees.org/resources.htm. Para conseguir una colmena visite BrushyMountainBeeFarm.com.

Para contactar a Lee Bees en North Fort Myers, FL, llame al (239) 656-0781 o a través de BeeVoyager@hotmail.com.N’ann Harp es activista de la apicultura, escritora freelance y fundadora de Friends of Honeybees, vive en Asheville, Carolina del Norte. Puede contactarla a través de Nann@FriendsOfHoneybees.org o info@TheSpicewoodFarm.com