“La agricultura moderna, tal como hoy se practica en el mundo (con su sobre-dependencia de los fertilizantes sintéticos, yerbicidas e insecticidas, y enfocado en la comercialización de nuevas formas de vida mediante la modificación genética). . . está explotando excesivamente el suelo, nuestro recurso natural básico.  Además, es insostenible porque hace uso intensivo, tanto de la energía proveniente de los combustibles de origen fósil como del capital.  Al mismo tiempo, el costo de sus productos no refleja los costos escondidos de su actividad,” declaró Hans Herren, co-presidente del IAASTD (Evaluación Internacional del Conocimiento Agrícola, Ciencia y Tecnología para el Desarrollo). "Si seguimos con las actuales tendencias en la producción de alimentos, agotaremos nuestros recursos naturales y pondremos en peligro el futuro de nuestros niños.”  En resumen: Mantener el estatus quo en la agricultura no es una opción. 

En Puerto Rico, tras largas décadas de abandono, la agricultura puertorriqueña de nuevo cobra la atención de los medios y de destacadas figuras públicas.  Nos llena de regocijo la posibilidad de que en un futuro no muy lejano el agro sea restaurado a su justo lugar.  Pero, ¿cuál agricultura?  ¿Qué modelo de agricultura queremos integrar en un país cuyo aislamiento físico y alta dependencia del petróleo contribuye a un nivel de seguridad alimentaria extremadamente bajo? 

Con la nueva ley 202, el gobernador Luis Fortuño propone impulsar y a acelerar la biotecnología agrícola al estilo “fast track”.  Mientras tanto, alrededor del planeta, las comunidades y los gobiernos rechazan los métodos y prácticas de monocultivos, alimentos modificados genéticamente y los que dependen de altos insumos químicos.  Por razones de salud, economía, ecología y seguridad alimentaria, las corrientes de vanguardia escogen promover y practicar la agricultura orgánica o ecológica. 

Un análisis serio sobre las necesidades agrícolas de Puerto Rico debe contemplar algunas preguntas básicas: 
• ¿Cómo producir alimentos que apoyen la salud del pueblo y disminuyan las enfermedades causadas por malas prácticas alimentarias? 

• ¿Cuáles prácticas aportarán al desarrollo sustentable y justicia social?

• ¿Cuáles prácticas sostendrán una agricultura productiva y resistente frente a las crisis ambientales?

Libre de agro-tóxicos y fertilizantes químicos, la agricultura ecológica depende de ecosistemas saludables.
 
La agricultura ecológica rechaza el uso de los organismos genéticamente modificados

La agricultura ecológica se beneficia de la biodiversidad, tanto en el suelo como en sus alrededores. 

Esta biodiversidad aporta a la salud de las plantas y a su valor nutritivo.

A la vez, la biodiversidad es una de las mejores estrategias para evitar las plagas.

La agricultura ecológica integra los conocimientos tradicionales y apoya la economía local.

En términos puramente monetarios, la agricultura orgánica resulta una buena propuesta.  Sus ventas a nivel mundial fueron de $46 mil millones en el 2007 y crece a razón de 5 mil millones al año.  En EEUU, el crecimiento del sector orgánico fue de 16% en el 2008, superior al de Europa.  Esta tasa de desarrollo ha motivado a grandes corporaciones como Kraft, General Mills, Heinz y Kellogg a crear sus propios productos orgánicos para así aprovechar de la creciente demanda.

Además, la enorme productividad de los métodos orgánicos da de qué hablar alrededor del mundo.  La revista Journal of Renewable Agriculture and Food Systems recién publicó un estudio hecho en la Universidad de Michigan en el que se examinaron 293 tipos de comparaciones entre agricultura orgánica y agricultura convencional a través de 91 estudios.  Los autores del estudio señalan que la agricultura orgánica puede ser tan productiva como la convencional.  También indican que en países en desarrollo, la integración de prácticas ecológicas pueden aumentar la producción agrícola mundial en un 50%. 

Los beneficios a la salud, tanto del medio ambiente como la de los productores (quienes se salvan del contacto con productos agro-tóxicos) y la del consumidor, son cada vez mejor documentados.  Debido a los efectos devastadores de la agricultura convencional para nuestros suelos a través del tiempo y la disminución de su habilidad para sostenernos, los beneficios de la agricultura ecológica lucen cada vez mayores.  

Numerosos estudios demuestran que los productos cultivados ecológicamente brindan mayor valor nutritivo y sabor a los alimentos, y mayor salud a nuestros suelos.  Para escoger unos pocos: Estudios sobre la producción de tomates demuestran que los producidos mente tienen niveles más altos de flavonoides, licopeno y vitamina C; todos con gran actividad antioxidante, asociada a resistencia al cáncer, a la depresión y al envejecimiento entre otros diversos beneficios.  Un estudio hecho con 27 siembras de espinaca demostró que las siembras orgánicas contienen niveles significativamente altos de vitamina C, flavonoides y niveles mínimos de los nitratos (que forman nitrosaminas carcinógenas) que se van acumulando en suelos que reciben fertilizantes concentrados.  Comparados con las fincas convencionales, el ciclo de nitrógeno en las fincas orgánicas depende de procesos biológicos mucho más complejos y por esta razón, producen suelos y alimentos enriquecidos.  El alto valor nutritivo de estos productos redunda en su sabor, puesto que en los alimentos naturales, son los nutrientes presentes en los alimentos lo que les brindan el gusto y hasta su color.

En Inglaterra, se llevan a cabo estudios de hasta más de 160 años de duración con el fin de comparar sistemas agrícolas.  Al comparar siembras, comprueban que las fertilizadas orgánicamente con estiércoles descompuestos (composta) produjeron consistentemente más maíz y avena que las siembras fertilizadas con abonos concentrados.  Como beneficio colateral, los suelos fertilizados mente tienen mayores capacidades para almacenar el carbono y así reducen la erosión, reducen la producción de los gases de invernadero dramáticamente y hasta aumentan el nitrógeno disponible a las plantas.

Otros estudios señalan la importancia de producir localmente, pues aun dentro de los EE.UU., del 10% al 25% del petróleo consumido por la industria de alimentos se utiliza en la etapa de distribución.  En Puerto Rico, tales costos, incluyendo los altos costos energéticos de la refrigeración, serán mucho mayores. 

Es urgente que Puerto Rico vuelva a producir sus propios alimentos.  Para nuestros agricultores abuelos, no será sorpresa que según la FAO y economistas de la estatura de Amartya Sen (premio Nobel, 1962), hay una relación inversa entre la productividad y el tamaño de la finca.  Esta aseveración, basada parcialmente en la gran variedad de plantas alimenticias y medicinales producida en fincas de sustento, se comprueba en India, Pakistán, Nepal, Malasia, Java, las Filipinas, Brasil, Colombia y Paraguay.  Volviendo al IAASTD, su informe del 2008 deja claro que en cuanto a la agricultura sustentable, la mejor apuesta es la producción diversificada a pequeña escala. 

Las “nuevas” tendencias agrícolas impulsadas por intereses agro-industriales quedan atrás en cuanto a las verdaderas necesidades humanas de nuestra población.  Las fincas caracterizadas por la biodiversidad, insumos locales de biomasa (basa, estiércoles, etc.) conocimientos tradicionales y estudios dirigidos a mejorar la salud y bienestar de productores, consumidores y nuestros suelos representan el progreso y son nuestro mejor futuro. 

Triste sería que por ganancias de muy pocos a muy corto plazo, Puerto Rico sacrificara nuestra salud por una agricultura “moderna” que ya pasó de vigencia y se ve rechazada por pueblos alrededor del mundo entero. 

Para más información sobre los estudios que se realizan alrededor del mundo, suscríbase a la Organic Consumers Association (www..organicconsumers.org)