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Mis Disfraces Favoritos
- Edición Octubre 2009
- Publicado 09/19/2009
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por Maya Valle
De las princesas, de los príncipes, de Batman y Robin. De Spiderman, de la Mujer Maravilla, en fin de lo que quieras inventar para que no te reconozcan y poder asustar o impresionar a los demás. El treinta y uno de octubre es la noche donde nos damos el permiso de sacar las máscaras de carnaval llenas de plumas de colores brillantes que rinden tributo al protagonismo aprendido o de las que esconden aquello que nos disgusta, nos aflije, nos amedentra o nos enfurece. Porque es mas fácil “esconder” que mirar y sentir, sin enjuiciar, nuestras más privadas, arbitrarias y liberadoras fantasías.
En mi juventud la noche de las brujas era perfecta para venderle al miedo mis sueños, aunque deseaba con todas mis fuerzas poder revivir a los muertos para devolverlos a la vida que se merecen. Tantos muertos en vida que nunca se dan la oportunidad de desbaratar sus errores, contar anecdótas que no se permitieron, y de permitir las aventuras que se adormecen en el olvido. ¿Recuerdas cuáles eran tus disfraces favoritos? Cierra un ojo y hazle una guiñada al destino para descifrar y perdonar la mitad de lo vivido y la otra mitad realizar como quieres que venga, porque te lo mereces, porque lo quieres con todas las fuerzas de tu corazón.
Las brujas y los vampiros eran los preferidos de mi época, pero los que más se vendían eran el de la “victima o pobrecito yo,” el de “aquí no ha pasado nada aunque me reviente por dentro,” o el de “yo no sirvo, o yo no valgo.” Uno de mis favoritos era “lo hago mañana.” Me encantaba dejarlo todo para despues. Formábamos la comparsa cantando calle abajo “trick or treat.” Palabras que repetía como el papagallo porque no tenía ni idea de lo que significaban. Así, de puerta en puerta, con la funda en la mano, la llenaba de pilones, gofio, galletitas y chocolates. A veces se nos colaban en el camino los príncipes y las princesas gritando y riéndose de nuestros disfraces. Pero el que más me asustaba, el que me hacía temblar hasta los dientes era el disfrazado de “yo soy poderoso, yo valgo.” Ese casi siempre estaba solo y no le interesaba unirse a los compinches de “pobrecito yo, no puedo o no valgo.” Así pasaron mis años, de disfraz en disfraz, hasta que decidí quitarme la careta y aceptarme como soy.
Aprendí que toda decisión nace en la mente. Esa mente que no para de hablar, de pensar y asociar mentiras para luego sentir y actuar lo que no es. Los pensamientos viajan en escobas, en cohetes, por cables telefónicos, por el espacio, por internet, por donde quiera que encuentren acceso Se ríen de ti, de tus debilidades (fabricadas por ti) y te hacen toda clase de historias para que te pongas de nuevo el viejo disfraz. Los pensamientos limitantes son las brujas que nos paralizan ante nuevos retos y los vampiros son las personas a quienes les entregamos nuestro poder. La mente engaña con arte y maña.
Desde el momento que comienzas a preguntarle a los demas lo que debes decir o hacer, estas funcionando a base de las historias y creencias del otro. Ese es tu mejor disfraz, ni tu mismo eres capaz de reconocerte. La verdadera fuente de información real y verdadera radica en un lugar quizás inexplorado por ti…tu corazón. Nadie mejor que tú conoce lo que te hace feliz, lo que en verdad SIENTES, lo que más te conviene. Lo importante es mantener el fuego en el corazón y tener resistencia para superar los momentos difíciles. El precio de vivir un sueño es mucho mayor que el vivir sin arriesgarse a soñar.
Yo era una de esas que validaba a todo el mundo menos a mi misma. Que siempre estaba disponible para otros menos para mí. Me pasaba comparándome con los demás siempre en desventaja y cuando alguien apreciaba mis destrezas y valores siempre contestaba con un “tú crees” porque era incapaz de reconocerlo. Tenía que venir alguien a decírmelo para considerarlo.
Volviendo a la noche de brujas, te confieso, que no fue fácil quitarme mis máscaras. Viví tan apegada a ellas que cuando llegaba a mi casa no estaba segura de quien era realmente yo. La máscara del pasado era la más fuerte. Me seguía a todas partes siempre cuestionando ¿por qué lo dije o no lo dije? ¿por qué lo hice? ¿por qué no? Vivir en el pasado dándome latigazos con la sonrisa de “aquí no ha pasado nada” me controlaba tanto que el presente hacía su fiesta y yo ni me enteraba.
Otra de mis máscaras favoritas era la de los apegos. Vivía apegada al dolor, a la lucha, a la búsqueda de una pareja, al miedo. Buscaba afanosamente la felicidad hasta que descubrí que la felicidad no se deja agarrar. La felicidad simplemente ES y sólo tuve que reconocerla y aceptarla. Reconocí que el mundo está lleno de sufrimiento y la raíz del sufrimiento es el apego. Aprendí a obsevarme sin criticarme. A reconocer cuando me movían los miedos y cuando me movían mis motivaciones reales.
La espiritualidad preconcebida también era una máscara muy importante. Pretendí vivir en una burbuja, copiando estilos de vida que no me hacían sentido, rodeada de “maestros” cursos, libros de todas las filosofías, alejada del mundo material. Dejé de ser yo para convertirme en la diosa Maya, como me decía mi familia. Me quité la máscara cuando descubrí que el mundo espiritual no significa apartarse del mundo material. Se trata de gozar el mundo material sin que mi felicidad dependa de ese mundo ni de ningún otro mundo. Uno comienza a disfrutar las cosas cuando puede fluir y soltar porque cuando te aferras a algo dificilmente puedes gozarlo. Me propuse renunciar al control, a conductas aprendidas, a la ansiedad, la tensión y a la depresión frente a la pérdida de algo porque, queridos amigos: el agua se purifica fluyendo; el hombre avanzando. Gracias a Dios y al reconocimiento de lo que realmente soy, hoy me siento inmensamente feliz porque la felicidad ES en mi. “Después de un tiempo, uno aprende la sutil diferencia entre sostener una mano y encadenar un alma.” Borjes
Ya no tengo máscaras, no las necesito. Hoy me disfruto mis amigos como son, sin pretender arrastrarlos a mi mundo espiritual. Hoy disfruto mis noches de bohemia sin sentirme culpable, disfruto amanecer en los brazos del hombre que amo y respeto el proceso de mis hijos sin enjuiciarlos. Amo a mi gente con sus virtudes y sus defectos porque reconozco mis grandes virtudes y acepto mis defectos como lo que son, herramientas de crecimiento, no contradicciones de menosprecio.
Se acabaron las máscaras, no las necesito, no más protocolos. Quiero vivir, quiero sentir y sumergirme en el éxtasis que produce una vida bien vivida. Quiero que mis nietos tengan algo hemoso que recordar y que mis hijos puedan emular lo mejor de su madre.
Te sugiero con mucho amor que te quites tus máscaras y te regales la sublime experiencia de ser TU mismo, de vivir apoyado por tu grandeza, por tu gozo y por la certeza de que eres un regalo del Universo.
Maya Valle es conferenciante y motivadora local e internacional. Para información sobre sus charlas y talleres llama al (787)430-4394. Escúchala de lunes a viernes en s programa Día a Día con Maya Valle por WIAC740AM a las 11:00AM. Mírala en el programa Levántate los lunes a las 9:30AM por el canal 2 y los martes a las 11:30 en Día a Día con Raymond y Dagmar por Telemundo canal 2. Adquiere su libro Entre mis Sábanas, una herramienta de transformación para mujeres y hombres
