por David L. Ulin
Frank Conroy en sus memorias de 1967, Stop-Time, describe su iniciación en la literatura en su adolescencia cuando vivía en el “Upper East Side” de Manhattan. "Me acostaba en la cama…", escribe, “y leía un libro detrás de otro hasta las dos o tres de la mañana. El mundo real se disolvía y tenía la libertad de dejarme llevar por la fantasía, vivir mil vidas, cada una más poderosa, más accesible y más real que la mía propia".
Conozco a ese niño: Crecí en el mismo vecindario, yo era ese niño. Y siempre he leído así. En estos días me encuentro atraído por la idea, de que en su intimidad, los libros no son herramientas para alejarse del mundo sino para entender e interactuar con ellos, aún con la atención de uno a uno que requieren.
Como un acto de contemplación, la lectura se apoya en nuestra capacidad de detener nuestra mente lo suficiente para habitar en el mundo de otra persona y dejar que esa otra persona habite en el nuestro. Poseemos los libros que leemos, pero ellos a su vez también nos poseen, llenándonos de pensamientos y observaciones, pidiéndonos ser parte de nosotros. Eso era lo que Conroy nos estaba tratando de demostrar en su relato de la adolescencia. Con relación a este trabajo, sin embargo, necesitamos un cierto tipo de silencio, una habilidad para eliminar el ruido incesante del mundo.
Esta clase de estado es cada vez más difícil de alcanzar en nuestra cultura de híper redes en la que cada rumor y banalidad es bloggeada o tweeteada. Hoy día, parece que no buscamos la contemplación, sino un tipo raro de distracción, afanosamente enmascarada con la intención de saberlo todo. ¿Cómo pausamos cuando debemos saberlo todo de manera instantánea? ¿Cómo cavilamos cuando se espera una respuesta constante de nuestra parte? ¿Cómo nos sumergimos en algo (una idea, emoción o decisión) cuando no estamos dispuestos a darnos el espacio para reflexionar?
Aquí es cuando la lectura real entra, porque ésta demanda ese espacio y restaura nuestro tiempo de una forma fundamental. Los libros nos insisten en que bajemos nuestro ritmo y nos sumerjamos en ellos. Podemos confiar en que los libros nos van a retirar del mundo para reconectarnos con un sentido más elemental de quiénes somos. El texto tiene una permanencia que eclipsa los límites del tiempo y el espacio, ya sea escrito ayer o mil años atrás.
Por las noches se me hace un poco difícil bajar las revoluciones luego de estar horas leyendo correos electrónicos, contestando llamadas en la oficina y dando seguimiento a la información a través del Internet. Tomo un libro y leo un párrafo, pero algunas noches me toma alrededor de 20 páginas para calmarme. Aún así, sucede si queremos, si lo consideramos necesario.
"Mi experiencia", comentó una vez William James, "es aquello a lo que decido prestar atención", una línea que usó Winifred Gallagher para desarrollar el tema de su libro, Rapt: Attention and the Focused Life. La atención, propone ella, es un lente mediante el cual no sólo consideramos la identidad, sino el deseo. ¿Quiénes queremos ser?, pregunta, ¿y qué hacemos con relación a ese proceso de ser en un mundo de opciones, distracciones y posibilidades infinitas?
Cuando era niño, mi abuela se molestaba conmigo por asistir a las actividades familiares con un libro. En ese entonces, si hubiera tenido las palabras, podría haber argumentado que el mundo dentro de las páginas era más convincente que el mundo sin ellas; leía tanto para escapar y para estar involucrado.
Todos estos años después, me encuentro en una posición similar, en la que la lectura se ha convertido en un acto de meditación contemplativa, con toda la dificultad y la gracia que guarda la meditación. Me siento. Trato de dar espacio al silencio. Es más difícil de lo que solía ser, pero aún, leo.
David L. Ulin es editor de libros en Los Angeles Times.
Del 11-17 de abril se celebra la Semana de la Biblioteca
Un estudio de Scholastic en el 2008 encontró que el 82 por ciento de los niños entre las edades de cinco a ocho años y el 55 por ciento de los adolescentes de 15 a 17, les gusta leer por placer. Casi dos tercios prefieren leer libros impresos que leerlos en la pantalla de la computadora o en un aparato digital. Los usuarios de Internet de alta frecuencia tienen mayor probabilidad de leer un libro por diversión todos los días.