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Antes de entender por completo lo que acaba de suceder, otro pensamiento surgió: ‘Soy un millón de dólares. Soy un millón de dólares que Dios está enviando hacia el Universo hoy para hacerlo un mejor lugar.”
“Toda mi vida he visto la riqueza como algo que yo tengo, no como algo que soy. Quizás, si pienso de mí mismo como una riqueza que Dios comparte con el Universo en lugar de pensar en mi riqueza como algo fuera de mí, eliminaría el estado de conciencia de separación entre yo mismo y mi riqueza”.
Sólo pude aconsejar a mi amigo a no adoptar su nuevo entendimiento solo por obtener más riqueza, o crearía otra vez la separación. Sus musas desataron en mí un tren de pensamientos sobre la diferencia entre tener y ser. ¿Puedes tener lo que no eres?
La mayoría de nosotros no vemos ninguna conexión entre el ser y el tener. Es vivir fuera de quiénes somos, no fuera de lo que tenemos lo que hace que la vida valga la pena. Y, a menos que nos concentremos en ser, nunca verdaderamente tendremos.
La manera de poder ser es a través de la quietud. “El estar tranquilo y saber que yo soy Dios”—lo encontramos en la meditación, en las calladas caminatas por el parque, cuando nos maravillamos ante un amanecer, en un atardecer o en la pausa entre dos afirmaciones. En la quietud es que yace el verdadero corazón y alma de quiénes somos y es el lugar de encuentro con Dios. Es el punto entre el sollozo de un padre pasando por una pena. Es el espacio entre el cuadro y el pincel del un pintor, el espacio entre los latidos de dos corazones. La escuchamos entre dos notas musicales y entre los dos golpes de la campana de iglesia.
En la quietud unimos fuerzas con el Dios de la creación y declaramos que el mundo es bueno, muy bueno. Como Dios, no estamos intimidados por el poder del mal—lo respetamos, aún cuando le busquemos su talón de Aquiles, igual que un reparador de líneas eléctricas que trabaja con los cables sabiendo cómo conectarlos y ponerlos a funcionar.
La quietud nos concede a todos esos poderes. Pues esta es mi reflexión sobre mi muy excitado amigo en su parada del autobús. Su tranquilidad y quietud bajo el sol lo llevó a una hermosa comprensión e inspiración, la que compartió conmigo y yo con ustedes. La quietud es contagiosa. Al lograrla, debemos dejar que nos atrape para que a cambio podamos devolverla al mundo.
Fuente: Tomado de la columna del Padre Paul Keenan en SoulfulLiving.com. Para más información sobre sus escritos, incluido su nuevo libro, If You Want to Change Your Mind, You Have to Open Your Heart, visite FatherPaul.com.