Published on 01/5/2012
En mi sendero de algunos 20 años como facilitador del yoga, he descubierto un espacio muy especial e íntimo de conexión y de empatía entre las personas que se acercan a estudiar la disciplina del yoga y lo divino en mí.
En este espacio nos acercamos sin categorías o condiciones, y siento que es un momento sublime para conectar de corazón a corazón. Para revelar esa energía de lo que es la vida en cada uno de nosotros.
Ese es el significado de la palabra Namasté, ese instante donde los seres se encuentran y valoran su conexión espiritual por encima del encuentro casual o el propósito práctico. Allí se trasciende el maestro y el discípulo, el plomero y el cliente, el masajista y el masajeado. Ante esta magia que ocurre con el Namasté, el proceso de interactuar juntos se convierte en uno de pleno agradecimiento, independiente de las condiciones o los motivos. Sabes que esta persona te va a acompañar en un camino indefinido en sus inicios, con excepción del saludo: “Lo divino en mí, saluda y honra lo divino en ti.”.
Al reconocer esa energía maravillosa de dar y recibir, y como todos estamos conectados a esa gran energía divina, experimentas un momentum de crecimiento y abundancia que trasciende toda limitación. Namasté representa el reconocimiento de nuestra vulnerabilidad y de nuestras fortalezas, la necesidad de ser feliz y de disfrutar una vida espiritual por medio de una experiencia humana.
Y así algo maravilloso sucede, ese ser divino que se acerca a ti, reconoce que tú te sientes muy cómodo con quien eres. Siente tu propia paz, y esa comodidad en la que vives. La cual, probablemente él o ella también necesitan, esa aceptación de quiénes son.
Ante esa aceptación, ese agradecimiento y esa paz, ese ser divino se relaja, se autoriza, se permite disfrutar su presencia igual que estás disfrutando de la tuya. Por eso en este nuevo ciclo solar te invito a abrazarte en un profundo Namasté.
Namasté…