Según un informe poco conocido de 2006 producido por las Naciones Unidas titulado “Livestock’s Long Shadow”, el ganado es “una ficha fundamental” en el cambio climático, responsable del 18 por ciento de todas las emisiones de los gases de efecto invernadero.  Eso es más que las emisiones del sistema de transportación a nivel mundial.

El Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA, por sus siglas en inglés) informa que la industria de la carne produjo más de 1.4 mil millones de toneladas de desperdicios combinados en 1997—cinco toneladas por cada ciudadano y 130 veces el volumen de desperdicios producido por los humanos.  El metano, un gas de calentamiento global 23 veces más potente que el CO2, proviene de muchas fuentes humanas, pero el ganado es responsable del 37 por ciento del total.  Y los desperdicios de la carne son uno de los muchos efectos secundarios ambientales dañinos a largo plazo.

La producción de ganado consume 8 por ciento del agua mundial, principalmente para regar el alimento del animal; es responsable del 55 por ciento de la erosión y del sedimento de la tierra, utiliza 37 por ciento de todos los pesticidas; directa o indirectamente resulta en un 50 por ciento del uso de todos los antibióticos; y descarga un tercio de todo el nitrógeno y fósforo en los suministros de agua dulce global.
La crianza de ganado cubre el uso de tierra mayor relacionado con humanos.  El terreno para pastar ocupa un 26 por ciento de la superficie libre de agua y hielo de nuestro planeta, y la tierra cultivable para alimentar esos animales se devora un 33 por ciento de la tierra para siembra del planeta Tierra.

Las Naciones Unidas informan que 20 por ciento de los pastos y terrenos de pastoreo del mundo han sido degradados mediante el abuso, compactación y erosión del terreno.  La producción de carne conduce también a la deforestación.  El pastoreo ocupa 70 por ciento del terreno que previamente eran bosques en la región del Amazona.

Peor, el alimento cultivado para alimentar los animales podría alimentar a más personas.  Por ejemplo, el ganado se come 90 por ciento de los cultivos de soya de los Estados Unidos, 80 por ciento de nuestro maíz y 70 por ciento del grano producido en las naciones industrializadas.

Más aún, el ganado está desplazando a otros animales.  Con la acelerada pérdida de especies en una “sexta extinción” virtual, el ganado actualmente contabiliza el 20 por ciento de toda la biomasa animal total en el planeta.

A pesar de todo esto, en el 2003, el humano promedio comió más de 90 libras de carne, el doble que 50 años atrás.  Los letreros culturales en las escuelas, trabajo e iglesias, al igual que en la publicidad, continúan reforzando el mensaje de que la carne es buena y necesaria para la salud.  El vegetarianismo todavía es representado como una selección adicional para los amantes de la comida sana.

Tristemente, las organizaciones ambientalistas de hoy día raramente proponen las dietas vegetarianas.  Incluso aún fuentes iluminadoras como el informe de 2005 del Worldwatch, Happier Meals: Rethinking the Global Meat Industry, es muy cuidadoso de no ser defensor activo de la dieta vegetariana.  En cambio pone entre sus opciones comer menos carnes, cambiar a carne de animales criados en pastoreo, carne de animales que han sido tratados humanamente y optar por varios platos vegetarianos a la semana.  El vegetarianismo se ha convertido en el “elefante de la sala de estar”, pero aún en esta época en la que hay tanta concienciación sobre los alimentos, no es necesariamente el foco principal de la agenda de los activistas.

Michael Jacobson del Center for Science in the Public Interest argumenta que el disminuir el consumo de carne debe ser una de las prioridades más importante en la salud pública.  “Desde el punto de vista ambiental, mientras menos carne roja coma la gente, mejor”, dice él, al citar la liberación de metano que produce el ganado y al señalar el aumento en la incidencia de cáncer de colon y enfermedad cardiovascular.

Cuando se le presentan estos datos, muchas de las personas que comen carne, preguntan: ¿Y cómo adquiero mi proteína?  Según la última investigación médica, una dieta vegetariana balanceada provee toda la proteína necesaria para tener una buena salud, a la vez que evita el alto grado de colesterol y grasas saturadas de las carnes. 

¿Los humanos estábamos destinado a comer carne, solo porque lo hicieron nuestros antepasados? “Tonterías”, dice Milton Mills, médico en el Hospital de Fairfax en Virginia y activista a favor de las clínicas libres de costo. “El tracto gastrointestinal humano tiene las modificaciones anatómicas consistentes con una dieta herbívora”.

“El hecho de que esta piedra angular de nuestra dieta ayuda e influye en el cambio climático es una “verdad inconveniente” que muchos de nosotros no queremos afrontar”, señala Joseph Connelly, publicador de la revista VegNews.  El reprende a Al Gore por no mencionar en su filme las dietas basadas en carne y solo hablar de refilón en su libro, An Inconvenient Truth.

Una Encuesta Harris de 2003 encontró que entre un 4 a un 10 por ciento de las personas en los Estados Unidos se identificaron ellos mismos como vegetarianos.  Cinco años más tarde, Connelly dice que esos números se han mantenido estables.

“Desde el punto de vista de la sostenibilidad, lo que realmente se necesita es que las personas entiendan la conexión entre la agricultura tipo factoría, comer carne y los impactos ambientales”, aconseja él. “Ese es el primer paso”.

Jim Motavalli es un escritor ambiental freelance con base en Fairfield, CT.  Puede conseguirlo en JimMotavalli.com.